"Den a Dios lo que es de Dios". (Mateo 22, 21) Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
En el Evangelio de este domingo, los fariseos se acercan a Jesús con una pregunta cuya intención no es buscar sabiduría, sino tenderle una trampa: "¿Es lícito pagar el impuesto del censo al César o no?" Si Jesús responde que sí, corre el riesgo de alejar a quienes resienten la ocupación romana y sus exigencias. Si responde que no, podrían acusarlo de oponerse a la autoridad romana. Su pregunta es un intento calculado de poner a Jesús en un dilema. Sin embargo, con su sabiduría divina, Jesús descubre sus intenciones y los invita a ellos, y también a nosotros, a considerar una cuestión de fe y responsabilidad mucho más profunda.
Al mostrarles la imagen de una moneda romana, Jesús responde: "Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios." Su respuesta hace más que distinguir entre la responsabilidad cívica y la obligación religiosa. Nos desafía a examinar nuestro corazón y nuestra vida: ¿Estamos dando verdaderamente a Dios lo que le pertenece?
Para nosotros, como cristianos católicos, esta pregunta va mucho más allá de nuestros recursos económicos. Nos llama a vivir una auténtica administración responsable de los dones que Dios nos ha confiado: nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestros bienes materiales, reconociendo que todo lo que tenemos y todo lo que somos proviene, en última instancia, de Dios. Nuestro discipulado de servicio comienza cuando ponemos a Cristo, su Evangelio y las enseñanzas de su Iglesia en el centro de nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestro servicio a los demás.
El Evangelio es una Palabra poderosa que proclama la verdad y la caridad. Denuncia las injusticias, pone al descubierto el mal y llama a la conversión a quienes obran mal; al mismo tiempo, ofrece misericordia, invita a la reconciliación y abre la posibilidad de comenzar de nuevo. Seguir fielmente a Jesús significa no comprometer la verdad ni negar la compasión. Más bien, estamos llamados a ser instrumentos de la presencia sanadora de Dios en un mundo demasiado dividido por el resentimiento, la indiferencia y la exclusión.
Esto nos lleva a una pregunta esencial: ¿Qué contribuye verdaderamente al bien común? ¿Qué sana las divisiones, reconcilia a los pecadores, protege la dignidad de cada persona humana y fortalece la unidad de nuestra comunidad católica en medio de la extraordinaria diversidad del pueblo de Dios? Nuestra unidad no exige que todos seamos iguales. Es un compromiso compartido con Cristo, cuyo amor nos llama a acogernos mutuamente, a escuchar con humildad y a reconocer la dignidad de quienes con demasiada frecuencia no son escuchados.
Se nos invita especialmente a reflexionar sobre las personas olvidadas, desatendidas, excluidas y privadas de oportunidades y de voz. Dar a Dios lo que le pertenece significa reconocer su imagen en cada persona humana. Nuestra oración debe llevarnos más allá de las puertas de la iglesia, hacia la vida de nuestros vecinos, donde la fe se convierte en compasión, la oración en servicio y la administración responsable de los dones recibidos en una generosa entrega de nosotros mismos por el bien de los demás.
Las palabras iniciales de la Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses nos ofrecen un hermoso fundamento para esta misión. Pablo recuerda su obra nacida de la fe, su trabajo impulsado por el amor y su perseverancia sostenida por la esperanza en nuestro Señor Jesucristo (1 Tesalonicenses 1:3). Les recuerda que el Evangelio no llegó solamente con palabras, sino también con poder, con el Espíritu Santo y con profunda convicción. Estas no son simplemente virtudes que debemos admirar; son señales de una fe viva. Nuestra fe debe manifestarse en acciones amorosas, nuestro amor debe impulsarnos a servir generosamente y nuestra esperanza debe sostenernos cuando el camino del discipulado se vuelve difícil.
¿En qué consiste la promesa del Reino de Dios, sino en la conversión de los corazones y la transformación de las vidas, las familias, las comunidades y las culturas? La Palabra de Dios no se nos da simplemente para escucharla, sino para acogerla, vivirla y compartirla. Cada vez que elegimos el perdón en lugar del resentimiento, la justicia en lugar de la indiferencia, la hospitalidad en lugar de la exclusión y la generosidad en lugar del egoísmo, permitimos que el Reino de Dios se haga más visible entre nosotros.
Como miembros de la Parroquia Blessed Trinity, sigamos creciendo como discípulos servidores que ofrecen al Señor no solamente lo que nos resulta conveniente, sino lo que exige una fe auténtica. Que nuestra corresponsabilidad refleje gratitud, que nuestros ministerios encarnen la compasión de Cristo y que nuestra comunidad sea un testimonio cada vez más acogedor del Evangelio.
Quizás esta semana podríamos preguntarnos: - ¿Estoy ofreciendo a Dios el don de mi tiempo, mis talentos y mis bienes con gratitud y generosidad? - ¿Me lleva mi fe a defender la dignidad humana, buscar la reconciliación y servir al bien común? - ¿Quiénes, entre mis vecinos o dentro de nuestra comunidad parroquial, se sienten olvidados, ignorados o excluidos, y cómo puedo responder a sus necesidades? - ¿Da testimonio mi vida cotidiana de la fe, el amor y la esperanza que proclama el Evangelio?
"Den a Dios lo que es de Dios". Que estas palabras nos recuerden que nuestra propia vida es un don de Dios y que nuestro discipulado es nuestra respuesta agradecida. Que, con el corazón renovado por el Espíritu Santo, sigamos dando a conocer a Cristo mediante nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestro servicio amoroso a los demás. Demos gracias a Dios. Padre Skip Negley, MS – Párroco
"Nadie necesita más amor que aquella persona que menos lo merece". (Anónimo)