"¡Ánimo, soy yo! No tengan miedo". (Mateo 14:22-33) A medida que continuamos nuestro recorrido por el Evangelio según san Mateo, descubrimos una verdad hermosa y reconfortante acerca de nuestro Señor. Semana tras semana, el evangelista nos recuerda que Jesús siempre sale a nuestro encuentro. Nos valora inmensamente y nunca deja de invitarnos a confiar en su amor, su misericordia y su presencia salvadora.
El domingo pasado reflexionamos sobre el mandato del Señor: "Denles ustedes de comer". Jesús desafió a sus discípulos – y también a nosotros – a reconocer los dones que Él ha puesto en nuestro interior y a responder generosamente a las necesidades de los demás. Ya sea en nuestras familias, lugares de trabajo, escuelas, vecindarios o comunidad parroquial, Él nos llama a ser sus testigos y discípulos servidores.
El Evangelio de este domingo nos revela otro don extraordinario de nuestro Salvador. Jesús nunca abandona a quienes le pertenecen. Especialmente en momentos de incertidumbre, dificultad, decepción, temor y peligro, Él viene a nuestro encuentro. Los discípulos lucharon contra el viento y las olas durante toda la noche, convencidos de que estaban solos. Sin embargo, precisamente en el momento oportuno, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el mar, no con pánico ni prisa, sino con serena autoridad, compasión divina y amor reconfortante.
Lo que sucede a continuación es uno de los momentos más extraordinarios de todos los Evangelios. Jesús camina sobre las aguas embravecidas, invita a Pedro a abandonar la seguridad de la barca en un acto de fe radical y, una vez más, devuelve la calma a la tormenta. La teología describe un acontecimiento así como una teofanía, es decir, una manifestación de la presencia divina de Dios. Así como Elías encontró a Dios no en el terremoto, el viento o el fuego, sino en el murmullo de una suave brisa (1 Reyes 19), también los discípulos encuentran al Dios vivo de pie ante ellos sobre las aguas del caos. Aquel que dio órdenes a la creación revela ahora su soberanía sobre la creación misma.
Este Evangelio nos invita a reflexionar sobre tres enseñanzas perdurables.
En primer lugar, Jesús está presente incluso cuando parece ausente. Los discípulos creían estar solos, pero Jesús nunca los perdió de vista. Del mismo modo, en nuestras horas más oscuras, cuando las oraciones parecen no recibir respuesta o las cargas resultan abrumadoras, el Señor continúa velando por nosotros con amor. La fe nos recuerda que su silencio nunca significa su ausencia.
En segundo lugar, la fe a menudo exige que abandonemos la seguridad de nuestra propia "barca". La valentía de Pedro no consistió en caminar sobre el agua, sino en confiar en Aquel que lo llamaba. Todo discípulo está invitado a ir más allá del miedo, la comodidad, las excusas y la autosuficiencia para seguir más plenamente a Cristo. El crecimiento en la santidad siempre comienza cuando confiamos en su voz.
En tercer lugar, cuando comenzamos a hundirnos bajo el peso del miedo, la duda o el desaliento, la oración más sencilla puede ser la más poderosa: "¡Señor, sálvame!" El breve grito de Pedro fue suficiente. Inmediatamente, Jesús extendió la mano. Nuestro Señor nunca se cansa de levantarnos cuando lo invocamos con un corazón sincero.
Al salir de la iglesia este fin de semana, quizá deberíamos preguntarnos: ¿Qué tormenta estoy enfrentando hoy? ¿Qué temor me impide confiar más plenamente en Cristo? ¿Qué "barca" me está pidiendo dejar atrás?
Las reconfortantes palabras de Jesús continúan resonando a través de todas las generaciones: "¡Ánimo, soy yo! No tengan miedo". Que podamos reconocer su silenciosa presencia en los momentos cotidianos de la vida, escuchar su dulce voz en medio del ruido del mundo y tener el valor de confiar en Él, incluso cuando las olas parezcan más fuertes. Porque el Señor que caminó sobre las aguas continúa caminando hoy junto a su pueblo, y su mano extendida nunca está fuera de nuestro alcance.
Pesquen, junto al Señor, en las aguas de la humanidad. Padre Skip — Párroco
"Adéntrate en lo profundo sin miedo… y con la alegría de abril en tu corazón." — Rabindranath Tagore